
Anoche él estaba enfadado...escuchaba su respiración agitada, inquieto, nervioso, como si presintiera un peligro y deseara escapar de su entorno, estaba muy cerca. El aire tambien zuñía y azotába las gotas de agua espesa contra los cristales de la ventana que había junto a mi cama...me quedé dormida.
La claridad del amanecer comenzó a filtrarse por las ligeras persianas de la caravana, todavía con los ojos cerrados me quedé escuchando...apenas le oía, ¿ya no estaba enfadado?, una vez más tenía que ir a verlo y sigilosamente, sin que nadie se enterara, me levanté, cogí mi chal y descalza corrí por el pequeño sendero entre los bungalows, hasta llegar a su encuentro. Allí estaba...silencioso, lejano, relajado, en plena calma, balanceando su azul extasiado, llamándome...esperándome. Caminé hasta su orilla y dejé que me acariciara con su espuma blanca.
El resto del día era un ir y venir de juegos y sonrisas con los niños, los baños en el agua fría de la piscina... los paseos por la playa recogiendo conchas, los ratos tirados en la arena tomando el sol, las duchas antes de cenar, el olor a gel perfumado, el brillo en la nariz, el relax del anochecer en la terraza, al fresquito y con aroma a sal, el beso de buenas noches y !las risitas culpables de un pedete bajo manta! jajajaja.
Esto sucedía cada día durante mi estancia en el camping de Bayona. Ya no puedo escribir nada más, tal vez fué un augurio de mi reciente soledad, el resto de los recuerdos permanecen nublados y solo hay dolor fundido en aquellos bellos paisajes de la Costa Gallega.